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Los ojos ojerosos se le hunden cada día un poco más en la cabeza. Ahora habrá que pegar los pedazos, disculparse con la cabeza cubierta de ceniza y el espinazo doblado, una penitencia severa que lo volverá aún más insignificante, funda nordica franela microscópico seguramente. Usted es soltero, Block, dijo el jefe, y apuntaba en la frase el peso de la autoridad, y no sólo es soltero, Block, sino que no tiene una amante fija, sólo algunas ocasionales, ¿ La agonía había hecho presa en los humanos, alaridos estridentes, parecía que la calle se estaba arrojando desde el tejado. Al pasar, su mirada extralúcida comprueba que Pasteur está tan contaminada como las demás.

Se ha calmado y en el rostro se le lee ahora algo así como una espera teñida de optimismo, como si estuviese en la cola de una película de risa; así que Martin se siente aliviado, funda nordica infantil Sylvie ya no le guarda rencor. Y sobre todo no hay que olvidarse de eso del divorcio, que siempre entra dentro de lo posible, un divorcio al acecho, dispuesto a aprovecharse de la torpeza de Martin para destruir su tranquilidad. El nerviosillo deja de contenerse, se lo oye vomitar tan pancho debajo del asiento, fundas nordicas 150 con las bifocales empañadas; nadie parece reprochárselo. En la parte inferior de su conciencia, los rodajes de su cuerpo de estudiante brincaban bajo las sábanas.

Martin va recuperando la conciencia, no está en la oficina. Sylvie acariciando las largas pestañas de Martin al tiempo que se le enrosca en la cintura. El empleado Martin no está ya para andarse con matices. Golpean las contraventanas, se alza el viento, el gato se estira, nervioso. Golpean arriba las contraventanas, qué molesto, a nadie se le ocurre sujetarlas, la saliva se suma a los jugos gástricos, golpean las contraventanas, giran las gotas, suenan los despertadores: no hay nadie. Las varices están programadas para servirte. Sylvie asomándose a la barandilla del piso y enseñando candorosamente las nalgas. Y entonces, como si quisiera hacerle burla, ve el delantal de Sylvie colgado del asa de la puerta de la nevera, nunca hubo delantal más hermoso, tiene estampadas unas recetas estupendas, unos platitos hechos con mucho mimo con los que ella lo agasajaba. Ella sonreía. Ocúpate primero de las que tienes entre manos, parecía decir.

Busca el periódico, se pone nervioso; ay, si fuese capaz de entender algo en el calendario de las rebajas, las fechas, los descuentos. Habría que mirar el periódico, seguramente debe de haber algún acontecimiento, una tienda de liquidación, eutanasia comercial. Podrían parecer eternos. Una iglesia emerge del asfalto y monta guardia, soñolienta. Con esa misma psicología de parásito y esa misma programación genética que nos anima a zampar dulces en las panaderías, la misma malignidad a presión en un cuerpo fofo, la misma masa de poquísima monta. Entre el parpadeo de las bombillas mágicas, le guiña un ojo la espantosa verdad: no le iba a ser nada fácil prescindir de Sylvie. Sylvie? Sylvie, bonita, ¿ Quiere marcar otros dos o tres números, la oficina de Sylvie, por supuesto, y su oficina de la seguridad social, y el de la policía, al final.

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